Los días que siguen al festival de Eurovisión traen consigo una sensación de etéreo surrealismo, en las que se intenta encontrar un sentido, un motivo o una razón para que la canción que representa a nuestro país no sólo no haya ganado, sino que además haya quedado en los últimos puestos de la clasificación.
Está, por ejemplo, Ryan Doland, el cantante de Irlanda, que tiene que tratar de buscarle algún sentido al haber terminado el último en la clasificación cuando su canción estaba y está disfrutando de un cierto éxito en radios de al menos 17 países. "No entiendo cómo funciona esto", ha aseverado.
Si bien este caso es normal, pues no todos los días se queda el último en una competición, mucho más llamativo es lo que están haciendo los alemanes, un pueblo poco dado a aceptar que no entiende algo. En un teletipo de la agencia Reuters, se puede leer cómo los alemanes parecen considerar que la culpa de su fracaso eurovisivo se debe a Angela Merkel, su canciller, aunque lo que en realidad esten haciendo es echarle la culpa a Europa: hemos salido tan mal parados por el odio que suscita Merkel y su austeridad en paises que no creen en la vía del dolor y el recorte para la salvación nacional, se puede desprender también de ese mismo texto, leyendo entrelineas.
"Hay una situación política a tener en cuenta", se explicaba Thomas Schreiber, coordinador de la cadena de televisión ARD, antes de hacer una esotérica distinción: "No digo que esto fuera 'Angela Merkel, 18 points', pero lo que es cierto es que no era sólo Cascada quien estaba ahí subida en el escenario sino toda Alemania". Peter Urban, comentarista de ARD y experto en temas eurovisivos, declaraba todavía más defraudado: "Es inexplicable". Se le preguntó: "¿Es posible que a la gente que no le caigamos bien?" y él respondió: "Algo de verdad hay en eso", antes de ofrecer el siguiente silogismo: "En la final de la Champions de la semana que viene va a haber dos equipos alemanes y quizá la gente no quiera que Alemania gane también Eurovisión". Es la Champions, y no los parecidos entre la canción de Cascada y Euphoria, la ganadora del año pasado, lo que nos hizo perder y no nos dábamos cuenta.
Entrever en el proceso de reparto de votos algo de geopolítica o votos estratégicos o algo tan objetivo como un reflejo de la situación social europea se presta a populismos sostenidos sobre esa fina línea entre la seriedad y la autoparodia que caracteriza al festival donde se pueden ver canciones como Alcohol is free o Contigo hasta el final, por poner dos extremos. La Unión Europea viene y va, se expande o entra en recesión, concede hipotecas o provoca récord de parados, pero Eurovisión, que existe desde antes que ella, está por encima de sus abaniqueos por derecho histórico y porque ha conseguido lo que ésta no ha logrado en décadas: conectar con toda la gente de un continente entero.
Puede uno encontrar cientos de conexiones entre la derrota de Alemania y la Champions o la geopolítica europea. Pero al final, el "plagio" de Euphoria de los alemanes quedó de los últiimos en Eurovisión. Y la canción danesa, ganó. No hay más.