www.lavozdeavila.com

Cómo fabrican la percepción del votante

Cómo fabrican la percepción del votante
Ampliar
(Foto: Cibeles AI)
Por Jorge Molina Sanz
miércoles 25 de marzo de 2026, 19:03h

Escucha la noticia

Ingeniería política, inteligencia artificial y neuropolítica para condicionar lo legítimo.

El marino remueve el café y suelta:

—Lo peligroso ya no es lo que digan los políticos, sino cómo consiguen lo que acabemos pensando. En política, cada vez importa menos el dato y más cómo se interpreta la realidad. Un marco artificial construido convenientemente.

Todo esto lo explican con algunos conceptos, como la «ventana de Overton» desarrollada en la década de los 90, por ese politólogo estadounidense, Se parte de que en cada momento existe un conjunto de opiniones que la sociedad considera como admisibles y tolerables.

Todo lo que queda fuera de esos márgenes se considera radical e inasumible; aunque lo relevante no es la existencia de ese marco, sino que pueda moverse y cuando se desplaza, cambia lo que la sociedad tolera, se debate y finalmente se acepta.

La joven profesora interviene:

—Las ideas no se imponen de golpe, para que no generen rechazo, sino gradualmente. Primero aparecen como algo marginal, luego como un debate legítimo, después como una opción razonable y finalmente como principios políticos necesarios y definitivos.

Un proceso, aparentemente inocuo, pero de una enorme potencia, porque las personas no perciben que su esquema mental haya cambiado. Creen que siguen pensando igual, cuando en realidad han transmutado los límites de lo aceptable.

Tradicionalmente, este proceso se apoyaba con discursos políticos, educación o medios de comunicación. Hoy se ha sofisticado porque la tecnología ha multiplicado la capacidad de influir, en especial a través de la neuropolítica y la inteligencia artificial (IA).

La neuropolítica estudiando cómo las emociones y los sesgos condicionan nuestras decisiones. Como señaló Daniel Kahneman —psicólogo y premio Nobel de economía 2002—, nuestro cerebro opera en gran medida por automatismos rápidos e intuitivos, relegando el razonamiento a un papel mucho más limitado de lo que solemos creer.

También con la IA que, sobre esa base, actúa como catalizador, analiza datos masivos, identifica patrones de comportamiento y permite segmentar la población con enorme precisión. Ya no se lanza un mensaje, sino múltiples adaptados a cada perfil.

El marino sonríe con sorna:

—Parece que los políticos antes intentaban convencer, ahora te estudian, te condicionan y tratan de manipularnos. Un cambio profundo en el debate público al recibirse versiones distintas de la realidad, diseñadas para reforzar creencias, reducir discrepancias intelectuales y limitar la capacidad crítica. También la IA además de segmentar, permite simular, anticipar y ajustar en tiempo real el impacto del mensaje. Es decir, influye y aprende mientras lo hace.

No son hipótesis teóricas, como ejemplo, Cambridge Analytica que evidenció cómo el uso masivo de datos personales permitió perfilar votantes y dirigir mensajes políticos personalizados, influyendo en procesos electorales como el Brexit o las elecciones EE. UU.

El riesgo evidente es que esto puede condicionar el voto, sin obligar, pero se reorienta, se activan emociones —miedo, enfado, identidad— y se induce la respuesta. El votante cree decidir, pero su percepción ha sido «moldeada».

Es una forma de manipulación especialmente sofisticada con sistemas que detectan qué contenidos generan mayor reacción emocional, para así reforzarlos de manera continua, retroalimentándose.

La profesora añade:

—No es falsear la realidad, es construir una versión parcial seleccionando datos, exagerando unos aspectos y silenciando otros. Este matiz es decisivo, porque permite crear relatos que encajan dentro de lo aceptable —dentro de esa ventana de Overton— y, desde ahí, se orienta su interpretación.

Desde una perspectiva económica y política, las implicaciones son claras. Si se puede modificar lo que la sociedad considera razonable, se pueden introducir políticas que, en otro contexto, serían rechazadas. El debate deja de centrarse en la eficiencia, transparencia presupuestaria, integridad, control del gasto o equidad para apoyarse en percepciones y emociones.

Se deteriora la calidad democrática, porque la política deja de ser un contraste de ideas, para convertirse en una competición de relatos para «orientar» el voto.

Además, la tecnología aporta una asimetría peligrosa, porque quien dispone de datos y herramientas de análisis tiene una ventaja enorme frente al ciudadano que, mayoritariamente, ni siquiera es consciente del proceso al que está sometido.

Sumemos ese fenómeno creciente, la capacidad de la IA para generar contenidos falsos o distorsionados con apariencia de veracidad. Imágenes, vídeos o declaraciones que no han existido, pero que encajan perfectamente con los prejuicios del receptor.

Una consecuencia, cada vez mayor, es la fragmentación del espacio público. Se reciben narrativas distintas, coherentes con las propias creencias y se reduce el contraste y se refuerza la polarización.

La desinformación también evoluciona porque no es necesario mentir de forma burda, es más eficaz seleccionar datos, exagerar unos aspectos y silenciar otros. Se construyen narrativas coherentes, sin ser completamente falsas, que inducen a conclusiones erróneas.

El marino frunce el ceño:

—Al final, no te dicen qué pensar, pero sí que sentir, hasta dónde puedes hacerlo y cómo votar.

Jorge Molina Sanz

Agitador neuronal

[email protected]

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+
0 comentarios