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OPINIÓN

¿Cómo debe ser esta sociedad después del coronavirus?

José Luis Úriz Iglesias | Domingo 15 de marzo de 2020
Existe la sensación de que hasta apenas unas horas la población de este país (ponga aquí cada cual lo que desee), no había tomado conciencia de la gravedad de la pandemia de coronavirus que asola el mundo.

Hay teorías que lo achacan al carácter propio de los latinos; italianos, españoles, sudamericanos, muy dados a ignorar el peligro y con costumbres de proximidad personal y vivencia al aire libre que no se dan en otros lugares, que favorecen la expansión de este virus.

Puede ser que esta crisis, además de pillarnos desprevenidos, haya puesto de relieve lo mejor y lo peor del ser humano.

Así hemos apreciado la inmensa labor solidaria de un personal sanitario, cuyo esfuerzo resulta difícil de compensar, más allá de nuestro agradecimiento expresado gráficamente en el sonoro y colectivo aplauso, que el pasado sábado resonó a las 10 de la noche en las calles de nuestros pueblos y ciudades.

Quizás ese esfuerzo, en muchos casos sobrehumano, sea el elemento más positivo que podemos sacar de estas semanas, aunque también han aparecido comportamientos que sacan a la luz lo peor de nosotros mismos.

Comenzando por actitudes irresponsables de quienes, y son muchos, no se tomaron en serio el peligro que autoridades, médicos y científicos estaban trasladando desde los diferentes medios de comunicación.

La salida en manada desde Madrid, epicentro de la epidemia aquí, de miles de ciudadanos que interpretaron las medidas que se comenzaban a tomar como unas vacaciones a las costas, probablemente haya permitido que el virus se haya extendido con una mayor facilidad.

¿Se tenía que haber cerrado Madrid antes? ¿Se tenía más allá en el tiempo que haber cerrado la comunicación con Italia? ¿Y con China?

Probablemente, pero no sirve de nada planteárselo a “balón pasado”, salvo para que tomemos nota de lo errado y poder corregirlo en el futuro.

Tampoco fue demasiado edificante observar el viernes los bares de mi pueblo llenos hasta los topes, o cuadrillas de jóvenes en manada aprovechando las “vacaciones” en colegios e institutos.

Les comenté a un grupo de ellos que no deberían estar por la calle en grupo. La respuesta fue indicativo que su irresponsabilidad: “no nos importa contagiarnos”. Vale, se puede tener comportamientos suicidas propios de la edad, pero el problema chabal es que con tu insensatez me pones en peligro a mí que pertenezco a un grupo vulnerable. Es mejor no contar su respuesta.

Hoy las cosas han cambiado de forma radical, quizás porque la intervención del Presidente del Gobierno haya metido el miedo al común de los mortales. Miedo al contagio que no ha contagiar, pero especialmente miedo a las consecuencias de infringir las normas.

El caso es que esta mañana de domingo aún soleado domina el silencio, la ausencia de esa tortura que significa el ruido. Las manadas ruidosas de niños y jóvenes han desaparecido, al igual que se han vaciado bares, playas, lugares de ocio, calles de coches, incluso en algunos lugares las fábricas.

Como consecuencia además de la casi desaparición del molesto ruido, la disminución de contaminación atmosférica en todo el planeta, la ausencia de gamberros británicos por las calles de Mallorca, más un elemento importante, la sanidad pública, ejemplar durante estas semanas, ha absorbido, como debe ser, la privada.

¿Cuánto de responsabilidad en lo ocurrido en Madrid ha tenido el trasvase erróneo de lo público hacia lo privado?

Al hilo de eso una reflexión; podría ocurrir que el próximo foco de la epidemia aparezca en EE.UU. con una sanidad pública muy debilitada y en algunos segmentos de la sociedad inexistente.

Gentes que aquí al manifestarse los primeros síntomas recurren a la red sanitaria allí no pueden al carecer de prestaciones, lo que puede estar dando lugar a una extensión silenciosa pero brutal. Paradojas de la vida, es probable que las medidas restrictivas tomadas por Trump nos hayan hecho un favor.

Por último también la globalización se va a poner en entredicho después de esta tempestad. Que existan fábricas paralizadas por falta de piezas fundamentales en la cadena de fabricación, al haber primado el abaratamiento de los precios a la distancia de los lugares de proveedores, debe cuestionar ese sistema.

Quizás el futuro pase justo por lo contrario, que la VW tenga sus suministradores esenciales en el polígono de Landaben de Pamplona aunque resulten más costosos y no en China más baratos.

En el aspecto político igualmente luces y sombras, algunas negras, negrísimas, pero eso ya da para otra reflexión más extensa.

Habrá por tanto un antes y un después del COVID 19, en lo sanitario, en lo político, en la estructura industrial y económica y lo que debería ser más importante, en el comportamiento social e individual.

¿El mundo sin ruidos, sin contaminación, sin jóvenes o turistas irresponsables, con proximidad de los suministros, sanidad pública más potente, comportamientos más solidaros y colectivos, etc. debería ser el futuro?

Probablemente sí, sería lo que de bueno nos deje esta pandemia. Al menos debemos reflexionar sobre ello.

Veremos…


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