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OPINIÓN

Villanos parlamentarios

Jorge Molina Sanz | Lunes 26 de noviembre de 2018
Hoy mi viejo marino, lejos de su habitual talante, estaba triste, se le notaba molesto, algo mohíno y enfurecido. Al llegar sorbí mi café, le miré al rostro y le pregunté cuáles eran los motivos de su semblante.

― Mira, querido amigo ―me dijo― siempre ha habido una tradición parlamentaria de mantener debates vivos, punzantes, de discursos encendidos y lenguas afiladas que parecían cuchillos, pero el acto de esos rufianes me parece de tal degradación de la actividad parlamentaria que deberíamos poner pies en pared.

Agregué:

― Tampoco me parece menor el acto de villanía del que escupió al ministro. Ese «héroe», con seguridad presumirá de su acto vandálico, de su bellaquería, de su canallada, de su granujada cuando llegue a su aldea; y entre risas, venderá esa bufonada como el valiente que demostró no achantarse ante los «fascistas» de Madrid.

Realmente estamos viviendo un momento en el que vemos el mundo al revés. Los de Esquerra republicana, los sucesores de aquellos líderes racistas, que se declararon «nacional socialistas», influidos por el veterinario Pere Màrtir Rossell, ultranacionalista y un teórico del racismo (algo parecido al intelectual Torrá, en la actualidad); tienen ahora la desfachatez de repartir carnés de demócratas. Ellos que provienen de lo más deleznable.

Mi marino, sin pelos en la lengua, continuó:

― ¡Las doncellas son las cortesanas y las meretrices unas vírgenes!

Me reí, no sin pensar que, el bellaco Rufián y el héroe cobarde habían interpretado su papel, habían cumplido su objetivo, crear del Parlamento una ciénaga y su momento de prime-time en los telediarios. A eso hemos rebajado el nivel del Parlamento y su función.

Me siento orgulloso de haber nacido en Cataluña, hay una parte de mi que sigue siendo catalán, y estoy convencido de que si hubiese desarrollado allí mi trayectoria profesional y empresarial allí no me hubiesen faltado oportunidades, por lo que entiendo el sentimiento catalán de ese mentecato y estólido de Rufián de orígenes andaluces, pero por muy catalán que se sienta, no puedo entender que se sienta catalanista.

Ese siervo del nacionalismo ―afortunadamente para Cataluña y sus gentes― no va a ver la independencia catalana, pero si esta ocurriera, que no se equivoque, el no sería nada más que el paje, un elemento útil para los fines de esos líderes que si tienen el «ADN catalán».

No olvides, bellaco, que los «pura sangre», los «pata negra», los «genuinos» solo te necesitan como bufón. Para ellos no eres más que un charnego, el tonto útil, un chico de barrio, crecido en una ciudad dormitorio que desconoce el seny catalán. En las guerras hace falta mucha infantería, pero la gloria y el mando está en el estado mayor.

De estos ruidosos alborotadores se puede esperar poco, pero detrás subyace una preocupación mayor que es ver el nivel de degradación y en lo que se está convirtiendo el Parlamento. De estos provocadores desvergonzados no se puede esperar más, pero de otros a los que se debería exigir mayor altura y nivel, tampoco demuestran mucho más.

―Parece que el barco les «hace aguas», dijo mi marino.

En el Parlamento actual se negoció, con talante y esfuerzo esta Constitución ―que ahora algunos quieren dinamitar―, allí estaban todas las fuerzas democráticas, votadas por todos los españoles (por mucho que ahora quieran decir que esa constitución es hija de la dictadura); allí se muñeron todos los pactos más importantes que han hecho que nuestro país esté dentro de todas las organizaciones internacionales que han contribuido a vivir la etapa más prolongada y próspera de nuestra era.

Aunque, seguramente, algún pseudohistoriador catalán me lo desmentirá, porque cuando se afirma, sin rubor, que santa Teresa de Jesús no fue de Ávila, sino la abadesa de Montserrat se puede esperar todo, cualquier iniquidad es posible.

Mientras aquellos que jamás debieron llegar al Parlamento ―y otros que ya tendrían que haberse ido― están creando un monstruo del que puede salir cualquier acto, cualquier ley que nos sonroje y nos avergüence de que sean nuestros representantes.

Solemos decir que cada pueblo tiene lo que se merece ―y así lo creía―, pero cada vez estoy en más desacuerdo. Esos profesionales que cada día se superan, que se esfuerzan, que avanzan: ¡No se merecen esto! Esos médicos que cada día atienden abnegadamente a sus pacientes, aunque con todas las limitaciones: ¡No se merecen esto! Esas personas que cada día cogen su autobús, su tranvía, su tren de cercanías o su vehículo sin que todavía hayan salido los primeros rayos de sol: ¡No se merecen esto!

¡No nos merecemos esto!

Mi viejo marino sentenció:

― Bellaco, granuja, estafador, pícaro, pillo, sinvergüenza, truhan, bribón y canalla no dejan de ser sinónimos de «rufián» ¿Por qué nos vamos a asustar?

Algunas risas para distender, terminar el café y pensar que solo la lejanía de la aldea, la brisa del mar nos acaba ayudando a soportar lo que estamos contemplando, allá, a lo lejos.

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