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OPINIÓN

El gobierno de las cigarras

Jorge Molina Sanz | Viernes 14 de septiembre de 2018
Esta mañana parecía que mi marino andaba en un tránsito filosófico y cultural porque empezó preguntándome…

  • ¿Recuerdas las fábulas de Samaniego? y en concreto aquella que empezaba con un «Cantando la cigarra pasó el verano entero sin hacer provisiones allá para el invierno…»

Me dejó perplejo, eso no era lo habitual, por lo que entre divertido e irónico le seguí la cháchara, y le dije:

  • «Los fríos la obligaron a guardar el silencio y a acogerse al abrigo de su estrecho aposento»

Proseguí comentando que esta fábula me recordaba el despilfarro y gasto desmedido de algunas administraciones públicas. Que ya teníamos un endeudamiento que ronda al 100% del PIB y no parece que vayamos a tener una política que propicie su contención. Burlonamente, continúe su juego y proseguí:

  • Y como siempre la cigarra, ante el duro invierno, le pidió a la hormiga sustento y dijo aquello de: «No dudéis en prestarme, que fielmente prometo pagaros con ganancias, por el nombre que tengo»

Cuántos paralelismos se podrían hacer, aunque en nuestra fábula la hormiga no se calló y le dio respuesta a la pródiga cigarra:

  • «¡Yo prestar lo que gano con un trabajo inmenso! Dime, pues, holgazana,
    ¿qué has hecho en el buen tiempo?»

Claro que en la época de La Fontaine y de Samaniego no existía el IRPF ni se gravaba con el IVA ni tampoco había tantos y tantos impuestos indirectos y tasas.

Seguí con mi parloteo y le comenté a mi viejo amigo que la hormiga hoy tendría más dificultades para poder decir eso, porque seguro que la Agencia Tributaria se encargaría de administrarle, convenientemente, su dinero.

Ya metido en la fábula, aproveche para comentar aspectos por todos sabidos, como lo de que vivimos en un país con una presión fiscal alta y que no se ve más solución para cubrir los déficits que seguir subiendo impuestos. Que nunca nos planteamos que se podrían buscar soluciones más creativas, aunque mucho más complejas y más difíciles de poner en marcha, pero que a la larga contribuirían a llenar nuestro granero.

Que había que enfocarse en solucionar las innumerables duplicidades administrativas que suponen un enorme gasto y pérdidas de tiempo para los usuarios. Analizar qué acciones son las que aportan valor, y cuáles solo son burocracia hueca y gasto. Iniciar un proceso para externalizar servicios secundarios y burocráticos para concentrarse en los que generan valor.

Ya una vez empezada mi monserga, seguí con la necesidad de reducir todo gasto improductivo para favorecer solamente el gasto productivo, puesto que, en el medio plazo, es la fórmula para conseguir más ingresos sin mayor presión fiscal.

Nos queda siempre la sensación de que nuestros impuestos se podrían gastar de otra manera y en otras cosas. Claro que es más fácil decir como la cigarra:

  • «Doña hormiga, pues que en vuestro granero sobran las provisiones para vuestro alimento, prestad alguna cosa con que viva este invierno esta triste cigarra…»

Puestos a pedir, se podría fiscalizar el costo de movimientos secesionistas, subvenciones a fundaciones, asociaciones y organizaciones que no aportan más valor que el fomento del proselitismo, del voto cautivo y el clientelismo o a desmantelar las embajadas de juguete que solo sirven como instrumentos de enchufismo y propaganda.

Enardecido dije lo importante que es, y los beneficios que reportaría, si se estableciese una actitud sobria ante el gasto. El efecto multiplicador que produciría la reducción de gastos y del déficit.

En un momento, en medio de esa perorata, casi un mitin, vi que estaba hablando con la silla. Me había quedado absolutamente solo.

Mientras al fondo se oía una suave música, una agradable melodía con una voz deliciosa.

Alcé la vista a mi alrededor para poder localizar a mi viejo marino. Lo vi allí, junto a la cigarra, escuchando su bella canción.

Caminé hasta ese lugar y mi amigo me espetó:

  • ¡Vaya rollo! ¡Qué aburrido eres, me cansas! ¡Es mucho mejor estar aquí escuchando el canto de esta bella cigarra!

Al final pensé que la vida de las hormigas es muy dura y que carece del glamour y la atracción que tiene el discurso de las cigarras; claro que yo, que puedo saber, aquí en mi aldea.

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