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OPINIÓN

Discapacitados son el Estado, sus miembros y sus fans, literal

(Foto: Cibeles IA).
Alejandro A. Tagliavini | Jueves 11 de junio de 2026
Un personaje, parásito del Estado, al que evidentemente le molestaba que estuviera -casualmente- registrando una situación peculiar, pretendió insultarme gritándome “mogólico” que, en un lunfardo poco agraciado, hace referencia a las personas con síndrome de down. Y no es el único que suele tener este tipo de actitudes, entonces me pareció importante darles una respuesta seria.

Encontré un informe que afirma que más de 1.300 millones de personas, cerca del 16% de la población global, tienen algún tipo de “discapacidad”. Cerca del 80% de estas personas viven en países en desarrollo, donde el acceso a servicios y tecnología suele ser limitado y tienen mayor probabilidad de experimentar pobreza, desempleo y exclusión social.

Y me llamó la atención, como todos los que pretendemos hacer ciencia, esta coincidencia es digna de investigación: el 80% vive en países pobres y, a la vez, tienen mayor probabilidad de ser pobres. Me llamó la atención porque parece una tautología… no parece, es una tautología encubierta. A ver, más allá de las desigualdades y algunas injusticias que se dan hoy en algunas sociedades ricas, lo cierto es que los países más pobres son los menos libres, es decir, donde el Estado coacciona más a la sociedad, así lo muestran todos los índices que existen al respecto

Ergo, donde hay más coacción estatal sobre la sociedad, hay más “discapacitados”. La pregunta es ¿por qué? Y después de analizar el tema coincido con esta afirmación, pero a la inversa, es decir, los discapacitados ya sea intelectuales, morales o ambas a la vez son los políticos, burócratas y fans del Estado que se rasgan las vestiduras -inmoralmente- asegurando que aumentarán las “ayudas” a los “discapacitados” cuando son ellos los que crean el problema.

En el actual “esquema social” -sobre todo en el “Estado de Bienestar”- dónde el Estado utiliza su monopolio de la violencia para imponer “orden” y “leyes”, obviamente lo que vale es la fuerza y, entonces, los que son físicamente más fuertes -por el propio cuerpo o por los bienes físicos que manejan- tienen más posibilidades de “triunfar”.

Por ejemplificarlo de manera muy evidente, si una persona se mueve en silla de ruedas difícilmente pueda ser policía (para imponer “orden”) o militar. Doy este ejemplo porque es muy evidente, pero esto se traslada a toda actividad. Cuando la sociedad se “organiza” en base a la violencia que es inmoral y destructiva en todos los casos según dice la ciencia, la fortaleza física es un diferencial importante que deja más relegados a los físicamente menos dotados.

Esto también ocurre desde el punto de vista intelectual. Efectivamente, el Estado impone “títulos” primarios, secundarios, universitarios, etc. para poder avanzar en la vida profesional e incluso ejercer muchas profesiones y actividades. Ahora, al mismo tiempo, impone “planes de estudio” -que sirven a sus intereses políticos- completamente diseñados para el estudiante medio -considerado “normal”- con lo que, aquellos que no son “normales”, no consiguen aprobar esos estudios.

Por cierto, irónicamente esto sucede también con quienes tienen un coeficiente intelectual muy superior a la media: se aburren tanto con la mediocridad de los planes de estudio que se deprimen y se rebelan y terminan sin estudiar o sin aprobar los exámenes. Einstein fue reprobado en alguna oportunidad y su rebeldía frente al sistema era notoria

Para remate de todo esto, dado que aquellos que se mueven en silla de ruedas “fracasan” profesionalmente por la situación que vimos, son considerados “minusválidos” o sea, valen menos que una persona considerada «normal» de acuerdo con los criterios impuestos desde el Estado, de la violencia. Para empeorar todo, algunas personas terminan creyéndose lo que la sociedad les dice, esto es, que son “minusválidos” y se deprimen.

Y al deprimirse suelen ser medicadas -prácticamente intoxicadas- cuando lo que necesitarían, para empezar, es que sean tratadas como normales. Porque en una sociedad natural -sin coacción violenta que imponga “orden”- son personas cono cualquier otra e incluso llegan a ser mejores a raíz de que se esfuerzan más por aquello que más les cuesta, y suelen ser mejores servidores a partir de la humildad a la que llegan al reconocer sus diferenciales con otras personas.

Y en un mercado natural (insisto, sin las imposiciones violentas, coactivas como “leyes” y “regulaciones”) progresa más el que mejor sirve a la sociedad. Remarco: en un mercado natural el currículo más importante es la vocación de servicio, se gana dinero sirviendo mejor al cliente.

A ver. Básicamente, hay dos modos de obtener dinero: o se lo quita violentamente a quién lo tiene -como hace el Estado con los impuestos- o se lo sirve de modo que, a cambio, lo entregue voluntariamente. Dejando de lado la opción violenta, solo queda ganar sirviendo. Así, aunque hoy pueda parecer muy idealista, los mejores servidores deberían ser los mejor considerados y remunerados. Y los “discapacitados” suelen tener una alta vocación de servicio.

Estas intervenciones artificiales (extrínsecas al ser natural) del Estado, como toda violencia, degenera la naturaleza del mercado convirtiéndolo en una selva salvaje donde gana el más “fuerte”. Por caso, la “ley del salario mínimo” lo que logra es prohibir que trabajen los más pobres, los más necesitados, ya que muchos empresarios no los contratarán con mayores salarios para no perder rentabilidad.

Así, muchas otras “leyes” impiden que los “discapacitados” se desarrollen naturalmente. Por caso, en Berlín el gobierno exige, para el cuidado de ancianos, un nivel de idioma alemán igual que para estudiar germanística y, además, los servidores son obligados a repetir cursos o realizar especializaciones.

Javier Fesser en su película, “Campeones”, muestra que el miedo es la mayor discapacidad intelectual y describe como lo afronta un grupo de “discapacitados” y su modesto equipo de basketball con un lema: “La vida es para disfrutar con lo que tienes; sigue sonriendo”. Son personas que, por encima de todo, no tienen miedo. Y el miedo es el origen de la violencia.

Corolario: los políticos y burócratas, en su afán egocéntrico de poder al punto de coaccionar contra natura a los ciudadanos, están creando una selva social discriminatoria que complica, y hasta destruye, la vida de las personas con menor capacidad de ejercer fuerza física o que no responden a su “cultura” -adoctrinamiento, en rigor- y que no se asocian en sus turbios negocios.

*Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California

En X @alextagliavini

www.alejandrotagliavini.com

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