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OPINIÓN

El sueño de la razón produce ‘otros’ Goyas

(Foto: Premios Goya).
Rafa Hernández | Miércoles 14 de febrero de 2024
Cuando Goya transmutó de “maño” a “gato” renaciendo en la marisquería “O Pazo” de Madrid, jamás pudo imaginar, me atrevo a aventurar, para su abatimiento, ¡cuánto se parecería a Oscar!

Allí, a mediados de los ochenta se forjó la idea de fundar una academia e implantar unos premios con los que emular a Hollywood. Pasada una generación mimetizamos con la feria de las vanidades que siempre ha sido la meca del cine, intereses económicos disfrazados de dorados sueños. Nos rendimos al casi todopoderoso dólar. Pudieron ser “Lumiére”, “Buñuel” o “Soles” pero finalmente fueron y son, “Goya”. Por ser un nombre corto, con gancho y fácil de recordar, si bien lo disfrazaremos con un elocuente trampantojo cultural al identificar al pintor con un tipo de arte secuencial y conceptual muy cercano al lenguaje cinematográfico. Siendo, además, un nombre perfectamente arraigado en el imaginario acervo hispano. Lugar en donde somos especialistas en descontextualizar y desnudar de vestimentas socioculturales a cualquier personaje, lugar o situación. Vamos a nadar” “Mar adentro” (2004) para intentar llegar hasta la ínsula Barataria justo en el centro de nuestra industria cinematográfica.

Fernando Méndez-Leite, presidente de la Academia, lo deja claro en su discurso:

“…, una película hay que financiarla y organizarla desde el punto de vista empresarial y laboral. Y venderla y rentabilizarla”.

Siempre ha sido así, de hecho, el nacimiento de los Goya y la propia Academia de Cine proviene de la respuesta al pequeño bache que atravesaba el cine español en los, ya citados, años ochenta. A nadie escapa que el cine necesita rentabilidad y esa proviene básicamente de los espectadores. El dinero invertido en realizarlas se debe doblar en la taquilla mundial para que se considere que se han obtenidos beneficios. Más de uno podría pensar que todo por la pasta. No es completamente así pero cada vez más. “Toma el dinero y corre” (1969), jamás debiera ser una expresión relacionada con el cine y menos con el español. Es industria, es negocio, pero por encima de ello es cultura, arte y proyección de nuestras emociones y sentimientos a la par que introspección y divertimento. Con la sensación de que algunos tienen “El tiempo en sus manos” (1960), asistí a la gala vallisoletana con la sensación de que no quedaba nada por dar, de que la sociedad del cine se había rendido a “La sociedad de la nieve” (2023).

Conforme avanzaba la noche y premio tras premio recaían en la película de J., no pude sino volverme hacia mi gata y gritar:

“En 1990, “¡Ay, Carmela!”, que resulta que no soy experto en cine, pero conozco un poco la mercadotecnia y cómo funciona el mercado norteamericano”.

Una película nominada en dos categorías en los Premios Oscar 2024, Mejor Película Internacional y Mejor Maquillaje y Peluquería, no puede salir sin premios en los Goya. Y menos si está “apadrinada” por Netflix. ¡Y qué decir si encima resulta que es la película más cara de la historia del cine español! Con esto no pretendo quitar ni un ápice del mérito y la genialidad de este magnífico director que es Juan Antonio Bayona y que no es nominado por primera vez a los Oscar. Su dilatada y fastuosa carrera profesional se define por sí sola. Mi intención es trasladar la melancolía que me ha producido constatar cómo se ha perdido la inocencia de aquella “Belle époque” (1992) en la que había un espacio para el cine intimista, rebelde, inconformista, donde al cerrar los ojos te sentías como una de esas “20.000 especies de abejas” (2023) que no se parecían entre sí. Y no tener la sensación de que vuelven “Los lunes al sol” (2002) mientras espero que “Un amor” (2023) me proponga “Volver a empezar” (1983-2022), convirtiéndose la escena en una especie de “Cadena perpetua” (1995) donde cada día se repiten las palabras de Bayona:

“Es muy difícil llamar la atención de Hollywood con una película hecha en español”.

“Yo, también” (2009), quiero creer como Sigourney Weaver en la “excelencia y originalidad” de nuestro séptimo arte, estando absolutamente de acuerdo con que es responsable de “tantas obras maestras a lo largo de los años, audaces, conmovedoras, inquietantes”.

Y me hubiese encantado que esta edición reconociera esa “humanidad y corazón” alejada del “cinismo” expresada por la estrella norteamericana. Por eso no entiendo como “El maestro que prometió el mar” (2023) fue incapaz de dejar su esencia en Pucela con lo que el cine español ha “abanderado a las mujeres, a las madres” y que son las grandes represaliadas de la dictadura sufrida en nuestro país. Para concluir referirme a la cara de García Gallardo cuando Almodóvar se dirigía a él, parecía trasladar, dado su ideario machista, la expresión “éste se está acordando de “Todo sobre mi madre” (1999).

Juan Antonio Bayona es un enorme director, una persona humilde y alguien que se merece los éxitos pasados, presentes y futuros, no necesitaba del “empujoncito” de la Academia. Esta última, Hollywood y Netflix sí que se necesitan.

Parafraseando a Federico Fellini:

“El negocio del cine es macabro, grotesco, es una mezcla de partido de fútbol y de burdel”.

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