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OPINIÓN

Pedagogía para las nuevas generaciones del enero negro 1977

(Foto: Imagen de archivo).
José Luis Úriz Iglesias | Viernes 19 de enero de 2024
Memoria histórica no es un término ambiguo y retórico, tiene una carga profunda que nos obliga a recordar los elementos importantes del pasado, especialmente reciente y volverlo a situar de actualidad y trasladársela a unas nuevas generaciones que consideran que Marx, Freud o Lenin son los nuevos fichajes de Real Madrid y FC Barcelona.

Eso debe ocurrir con el terrible enero que sufrimos justo hace ahora 47 años y que viví en primera persona. Lo hago en primera persona cada año, lo recuerdo de manera didáctica buscando la complicidad de los medios de comunicación para ayudar a conseguirlo.

En el instante de escribir estas líneas tengo muy vivos en mi memoria aquellos dramáticos días. En aquel tiempo militaba en el PCE y en Comisiones Obreras; en la Universidad de Madrid donde estudiaba y en el sector de Artes Gráficas donde trabajaba.

Aquel enero se inició el domingo 23 de 1977, cuando un grupo de ultraderecha asesina al joven anti fascista Arturo Ruiz en una manifestación pro amnistía en el cruce de las calles de Silva y Estrella, en la trasera de la Gran Vía (entonces avenida de José Antonio) de Madrid.

En aquel instante me encontraba cerca con los compañeros de la Universidad y aún me llegan las sensaciones de indignación, miedo y rabia contenida al ser informados de ello.

Al día siguiente muere la estudiante de sociología María Luz Nájera, por el impacto del bote de humo que recibe en la manifestación en protesta por la muerte de Arturo. Recibe el golpe en la esquina de la Gran Vía con la calle de Libreros, también cerca de donde estábamos. Impactados por ambos hechos toda la izquierda antifranquista se conmociona.

Precisamente aquel terrible día teníamos previsto reunirnos el PCE de Artes Gráficas en el despacho de los abogados laboralistas de Atocha, lugar que alternábamos con el de Españoleto de Cristina Almeida, pero nos llamaron para suspenderla porque había otra más importante, la del Transporte por entonces en huelga. La sustituimos por una mini reunión en mi casa, que también solíamos utilizar en momentos puntuales.

Había negros nubarrones, y algo se barruntaba, pero a pesar de la rabia y la indignación se nos recomendó desde la dirección del PCE tranquilidad, y en tras el debate que tuvimos decidimos acatar esa decisión.

A medianoche sonó el teléfono de mi casa. Un camarada, Eugenio, me informaba de lo de Atocha. Asesinados Enrique, Sauquillo… seis en total y heridos graves Lola, Alejandro… Pensé que podíamos haber sido nosotros. Luego una vorágine de reuniones, asambleas, contactos, y sobre todo un mensaje claro: hay que mantener la calma, no responder a la provocación.

A pesar de la rabia contenida por nuestros camaradas asesinados apretamos los dientes y tragamos el sapo. Éramos comunistas y por tanto teníamos una mayor responsabilidad, más aún en los complejos momentos que nos tocaba vivir.

Después el impresionante entierro en el que participé activamente en el “servicio de orden”, con la sensación de estar viviendo momentos históricos. Incluso la anécdota nunca aclarada de aquel helicóptero que la sobrevoló. La leyenda negra se encargó de asegurar que era el propio Rey Juan Carlos I quien lo pilotaba.

Luego con el tiempo entendí que aquel llamamiento a la calma de mi partido fue clave para conseguir la democracia, y desde entonces defiendo esa misma reacción en circunstancias parecidas.

Antes otro día de enero, fatídica casualidad, el 21 pero años atrás en 1969, caía asesinado por la policía franquista Enrique Ruano. Conocí a Enrique en la lucha anti fascista, era de mí misma quinta, aunque en aquel tiempo yo militaba en el PCE y estudiaba en la Escuela de Telecomunicaciones.

Allí nos enteramos de su muerte, de su asesinato. El franquismo agonizaba, lo sabíamos, pero temíamos sus últimos coletazos, y éste fue uno de ellos.

También conocíamos a sus torturadores, a sus supuestos asesinos, el comisario Conesa, el temible Yagüe, un sádico, “Billy el niño”, o lo que es lo mismo Juan Antonio González Pacheco. No los conocíamos físicamente todavía pero circulaba por los círculos de lucha antifranquista su crueldad. Posteriormente me tocó conocerla de manera directa.

Hoy al recordar aquellos hechos pienso que también en esa ocasión pude ser yo, cuando Billy “actuaba” conmigo y uno de sus compañeros le decía “ten cuidado que se te va a ir la mano otra vez y lo vas a matar”, resuenan esas palabras, las recuerdo como si fueran ahora, y su respuesta “no importa, hacemos como con Ruano, lo tiramos por la ventana y decimos que se quería escapar”.

Pienso en Enrique, en todos los Enriques que dejamos por el camino, en aquellos camaradas, los abogados de Atocha, por eso escribo estas líneas, que son, que quieren ser un homenaje a quienes lucharon codo con codo conmigo y hoy ya no están. Mirar la vista atrás no te convierte en estatua de sal, es una obligación para mantener viva el recuerdo y trasladárselo a las nuevas generaciones tan ajenas a ello.

Estamos en otro tiempo, pero esta mañana de invierno recuerdo aquellos momentos, aquellos días, aquellos interrogatorios crueles, aquellas gentes, a mis camaradas caídos con sensaciones profundas, muy profundas.

Os recuerdo hoy, os recordaré siempre camaradas, compañeros vuestro ejemplo me guía y guiará, sé que también vosotros no consentiríais sin alzar vuestra voz que la izquierda no se una para frenar a la derecha extrema.

A través de esta reflexión intento que os recuerden todas aquellas personas que la lean. No perdono a vuestros asesinos ni a sus herederos ideológicos que ahora asoman su existencia sin ningún pudor.

Lo hago precisamente hoy cuando negros nubarrones amenazan de nuevo nuestra convivencia, con el acoso de la derecha extrema y la extrema derecha que cada vez se parecen más. Porque más que nunca debemos mantener viva la llama de esa memoria colectiva.

Nuestra democracia estuvo en peligro entonces y a pesar de la satisfacción de tener un gobierno de las izquierdas lo podría estar ahora 47 años después, por eso olvidar resulta tan peligroso.

Veremos…

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