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OPINIÓN

La Navidad vista por inmigrantes

Imagen de archivo

Un español en Alemania (144)

Jose Mateos Mariscal | Miércoles 27 de abril de 2022
Un aeropuerto está hecho de historias de inmigrantes que vuelan de un sitio a otro, de gente que viene y va... y que, en el mes de la Navidad, casi siempre busca reencontrase con los suyos.

La decisión de emigrar no es fácil. Son muchas las dudas y temores que pueden surgir antes de comprar los pasajes. Sin embargo, esa es sólo una parte de un mar de emociones que se deben enfrentar. La más importante se vive cuando se deja al país atrás y se empieza una vida nueva. Desde ese momento, el emigrante pasa por distintas etapas que van de la euforia a la angustia, nostalgia.

La palabra "nostalgia", literariamente tan intensa y políticamente tan ambigua, sonaba más o menos como hoy "esclerosis" o "neumonía". Era, en efecto, el neologismo que, en 1685, a partir del griego, inventó el médico Sebastián Hoffner para nombrar la enfermedad que devastaba las filas de los ejércitos europeos y que afectaba muy especialmente a los soldados de origen suizo, habitualmente mercenarios en guerras extranjeras.

Los pobres sentimos nostalgia en Navidad, el deseo doloroso de regresar a un lugar y un cuerpo concretos; las clases medias aspiracionales -como se las llama ahora- sienten el esplín de una vaga ausencia: la de un futuro que no se sabe dónde está y que nos comparece a veces, como un puñal trapero, por la espalda.

Por eso nosotros los inmigrantes -y es importante señalarlo- sentimos nostalgia y no melancolía. Es importante señalarlo porque si imaginamos a los inmigrantes solo deseosos de venir a vivir a un país "superior", nos acabamos creyendo que nuestro país -que es una mierda- es un paraíso; y nos volvemos chovinistas y excluyentes; y cerramos las fronteras y nos tratáis como ladrones, como invasores o, peor, como insectos.

Si vosotros nos imagináis, en cambio, deseando volver a nuestro país "inferior", nos volvemos iguales a vosotros, no individuos biológicos, aislados y agresivamente supervivientes, sino cuerpos vivos atrapados en redes de afectos que nos vinculan sin cesar a nuestro lugar de origen. Nuestro deseo -y derecho- de venir, e incluso de quedarnos, es perfectamente compatible y de hecho inseparable de la nostalgia, en un ciclo que se repite, euforia a la angustia, nostalgia una y otra vez, con distintas intensidades hasta que llega un momento en que los sentimientos se vuelven manejables.

Hablar desde nosotros los migrantes

Estas son las distintas etapas por las que pasa un emigrante, según la opinión de alguien que ya vivió esa experiencia.

“Cuando llegás a tu nuevo país, es todo una maravilla, a las dos o tres semanas empiezas a extrañar horrores, pero sabés que tomaste la decisión correcta y aguantas”.

“Cuando llevás casi un año, aprendiste un montón sobre tu nuevo lugar, pero miras a tu país de origen, y quieres volver para contarles a todos cómo es y abrazarlos. Lo hacés, y cuando regresas te agarra otro bajón que te hace cuestionarte todo. Tus amigos más cercanos y familia te dirán, aguanta que ya va a pasar. Ves como tu país de origen (en nuestro caso España ) se hunde un poquito más cada vez, lo que te hace enfocarte hacia adelante. El idioma y la cultura se hacen notar diferentes como si te invitaran a irte. Pero muerdes el cuchillo con los dientes y tiras para adelante. Sabiendo que lo que estás haciendo es por un futuro mejor para tu familia. Donde podrás construir sin tanto ruido y donde tu esfuerzo rendirá sus frutos mientras lo hagas con honestidad y dedicación”.

“Pasa un segundo año y ya te empiezas a sentir más cómodo y ya se tiene más confianza sobre cómo funciona todo y se empieza a aceptar las diferencias del clima y las costumbres que quizás al principio chocaron. Entender el porqué de muchas cosas”.

Ya tienes un círculo de amigos chiquito con los cuales puedes ir compartiendo más y un tiempo en el trabajo ya te hace sentir más emponderado para seguir creciendo. Cobras bien y miras a tu país de origen para comprar propiedades o pensar en inversiones. Tus amigos y familia del país de origen te dicen que no se te ocurra poner un euro porque todo va a explotar. Sigues pensando que podría ser una buena idea, no puedes creer la diferencia económica, pero no hacés nada. Menos mal”.

“Viajas por tercera vez desde que te fuiste y ya muchas cosas te apabullan y a las dos semanas no ves la hora de poder tomarte ese avión que te llevará a tu casa (en tu nuevo país) para tener paz. Ya “casa” no es de dónde vienés ; sino donde estás viviendo”.

“Cuando pasás ese punto que te sientes lo suficientemente cómodo en tu nuevo país, es cuando empiezas a construir verdaderamente. No cortas ningún vínculo, las personas con las que menos hablas son las que en realidad no tenías un lazo tan fuerte. La vida se encarga de darte algunas lecciones más, se van muriendo algunos familiares y ya no estás ahí para acompañar en persona pero te hacés presente de distintas formas. La tecnología hoy nos permite estar mucho más cerca que en la época de nuestros abuelos”.

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