4 de marzo de 2024, 3:33:27
OPINIÓN


Personas, personajes, personajillos

Por Jorge Molina Sanz

En el periplo del presidente Pedro Sánchez por las televisiones desliza su malestar por los insultos a su prestigio.


Nuestros amigos estaban pegados al televisor viendo la entrevista de Ana Rosa Quintana a nuestro presidente del gobierno y el marino comenta:

—Es sorprende el tono que, en este ciclo radiofónico-televisivo de Pedro Sánchez, un tono que va entre lo chulesco y autosuficiente, mezclado con el victimismo acusatorio. Un discurso muy lejos de todo aquello que se espera de un estadista o de un político de primer nivel, máxime cuando es el presidente de gobierno.

Utilizar el victimismo sobre el trato que recibe de «los poderes económicos y mediáticos» suena en su boca a broma de mal gusto, especialmente cuando esas afirmaciones vienen de quien ostenta el cargo que poses todos los resortes del poder y que, además ha utilizado sin rubor y osadía. Todo esto, por pueril, suena a cuento de Pinocho, con la ventaja de que por ello no ha necesitado de una rinoplastia.

Desde que Carmen Calvo, con esa mezcla de desparpajo y bodoque habitual en ella, dijo aquello de «el presidente del Gobierno nunca ha dicho que ha visto un delito de rebelión en Cataluña» porque cuando lo dijo no era presidente, inauguró una época en la que cualquier tema puede ser distorsionado y adaptar su significado a cada momento según interese.

Una de las cosas que más ha llamado la atención, de este periplo mediático del presidente Sánchez para intentar vender una imagen desenfadada y cercana, ha sido la de «eso no es mentir, es rectificar», haciendo comparaciones espurias con Adolfo Suarez y Felipe González.

Se le podría preguntar, con un ejemplo reciente, si la respuesta que dio en la rueda de prensa con Gustavo Petro, cuando un periodista le preguntó su opinión sobre la propuesta de la UE de endurecer las penas de los delitos de corrupción política y en concreto la malversación, cuando en nuestro país se ha reducido y vamos en dirección contraria, con el argumento falaz de que nos homogeneizamos con Europa, la respuesta ante este toque de atención por parte de Pedro Sánchez fue antológica, nos felicitamos porque «coge a España con los deberes hechos».

¿Eso es mentir? ¿Eso es rectificar? Más bien parece un desprecio absoluto a la inteligencia de los ciudadanos o simplemente el sentimiento de impunidad que se goza desde el poder.

Al final todas estos juegos de prestidigitación marcan un estilo muy personal de hacer política y por pueriles cuentos para niños. En este caso nos valdría la historia creada por Prokofiev la de «Pedro y el lobo».

Después de algunas risas, la joven profesora interviene:

—En ese llanto de cocodrilo desplegado por el presidente está la escenificación de que entre los insultos que ha recibido están los del líder de la oposición, Núñez Feijóo, por llamarle «personaje»

Es verdad que Feijóo no utilizado el mayestático papal que, posiblemente es lo que desearía y lo que seguramente nuestro presidente piensa que se merece, pero valdría buscar en el diccionario de la RAE para saber que el término significa: 1. «Persona de distinción, calidad o representación en la vida pública», 3. «Persona singular que destaca por su forma peculiar de ser o de actuar» El boticario del pueblo es todo un personaje.

Si el gobierno con mayor número de asesores de la historia no ha sido capaz de explicarle que eso no se puede considerar como un insulto, ni como una expresión despectiva, se puede entender los derroteros de nuestra política llena de juegos malabares, fábulas y actuaciones fútiles.

Todas estas falacias más bien parecen encaminadas no a una simple manipulación del lenguaje, sino para descalificar a los adversarios y para hacerse la víctima.

Siguiendo el sesgo sarcástico e irónico podríamos pensar que el presidente quiere remedar a Anthony Blake, el famoso mentalista y célebre frase: «Todo es producto de tu imaginación».

El marino concluye:

—Aunque todo esto es serio, sólo se puede digerir con dosis satíricas, porque ese juego mediático e intento de enviar «mensajes emocionales» nos recuerda aquella fábula de Esopo de «el lobo con piel de oveja» porque por mucho que se disfrace, al final todos acaban viendo su verdadera naturaleza.

Entre risas y algo de melancolía, nuestros amigos se levantan y se van hacia la playa.

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